Una historia tremenda que atrapa enseguida sin necesitar de un ritmo trepidante ni giros repentinos. De hecho, el relato empieza con la remembranza plácida, bucólica incluso, de los veranos de la infancia de nuestra protagonista. Nada nos prepara para lo que sigue: un crescendo en el sentimiento de angustia a medida que Lis va desde el temor a la certeza de estar siendo acechada, acosada incluso, y descubrimos que ese temor es muy real y no propio, sino que ha aterrorizado de forma continuada a otros personajes. El desarrollo de la historia y de esta certeza lo consigue la autora sin alardes ni prisas, con un uso del gore en absoluto gratuito. Es la representación del espanto total a ser devorado en todas las formas posibles, del rechazo físico y psicológico a la ocupación del propio ser. La historia contiene el retelling de un cuento de hadas que deja claro la denuncia de la autora frente a posición de la mujer, siempre juzgada, utilizada, abusada y finalmente condenada. No hay escapatoria, ni siquiera para las más dóciles. Ni siquiera para las más indómitas. Es morador es un él, que además deshecha la competencia.
Aparte de King, esta novela me ha traído a la memoria dos geniales relatos de horror: La casa maldita de Lovecraft y El Horla de Guy de Maupassant.


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