Con un aire de cuento, un amago de ensoñación estridente a veces, la narradora nos desgrana el viaje de una mujer y un niño. Sabemos que la mujer no es la madre pero que se siente como tal hasta el desespero y que además, no se siente merecedora. Recibió un don no solicitado, que ahora necesita como el aire, y que teme perder. A medida que el viaje a través del río Atrato avanza, vamos conociendo más a la mujer, el por qué de sus inseguridades -al menos esa es la intención de la autora, creo, aunque no lo consigue del todo. Concede gran importancia a su blanquitud, que siente increíblemente cómo un hándicap en un zona de mayoritaria población negra. Ella lo vive como una carencia. Difícil de comprender esta percepción de racismo a la inversa sobre todo por la conciencia clara de que han sido siempre ellos los robados, raptados, explotados, maltratados y lo siguen siendo, aún ignorados, abandonados a su suerte. Es como si quisiera esconder su vergüenza y sentimiento de culpa victimizándose. En algunos personajes de Faulkner encontramos un comportamiento parecido. Conocemos también al niño tan genéticamente separado de ella, él sí perfectamente integrado, a los compañeros y compañeras de viaje, las particularidades del río, sus paradas reflejo del terrible abandono y violencia a los que malamente sobreviven los habitantes del Choco colombiano. Cada parada trae un nuevo horror. La respuesta pone de manifiesto la resiliencia de estas personas. Sin embargo, se echa de menos un tono de denuncia más clamoroso, más indignado, menos resignado. Ni siquiera en el previsible final.
Intenta recordar al viaje de Marlow por el Congo hasta Kurtz, un propósito muy ambicioso. Demasiado.

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