Mónica Ojeda nos presenta la crónica magistral de una venganza muy estudiada y lo hace alternando puntos de vista y modos narrativos (Bendito Bram Stocker). Toda la trama se hilvana con cuidado. La información se dosifica y la desazón a la medida que leemos y comprendemos aumenta exponencialmente. La maldad no tiene edad ni sexo. La maldad auto-consciente se recrea. Y si se añade la locura entra en la ecuación, la situación empeora.
Los ingredientes del cóctel que Ojeda propone son muy volátiles, peligrosos. Tenemos en un colegio del Opus, obviamente destinado a la formación de las hijas de las élites, a un pequeño grupo de altamente privilegiadas adolescentes que matan su aburrimiento con la afición a las redes, al horror y al creepypasta. El descubrimiento de un edificio en obras abandonado sirve de detonante para que esta obsesión se convierta prácticamente en un culto canalizado a través de la carismática Annelise Van Isschot y su acolita Fernanda. Ambas están unidas hasta un extremo inverosímil incluso para adolescentes y además comparten traumas de fondo que refuerzan aún más su vínculo tóxico. La novela comienza con una total inmersión en la trama, ya que nos encontramos con el despertar de Fernanda, secuestrada. Pronto descubrimos quién la tiene retenida: Clara, su profesora de literatura inglesa. Alguien cuyo trastorno de ansiedad de origen ya había empeorado por un episodio violento anterior a su contrato en este centro acunando un miedo cerval hacía sus alumnas. Clara es la antítesis de Anne, no puede haber nadie con menos atractivo. Y más candidata a víctima. Y luego las madres, ausentes, maltratadoras, fagocitadas, ya sea muertas o vivas. Y la diferncia de clases, la propia Clara es una intrusa en ese entrono de riqueza protegida por seguridad en urbanizaciones como islas en medio de la pobreza del país. La mezcla la agita Ójeda con soberbia sabiduría, y nos lleva a un final inevitable que parece abierto. No, en absoluto.
Añadir que la autora nos regala un mini ensayo sobre el horror cósmico redactado por la inefable Annie. Nada que objetar por parte de esta lovecratftiana veterana.


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